Sí, sabemos que el sexo vende. A estas alturas está internalizado y no debiera sorprenderme, por ejemplo, que mi prima de nueve años cante la última canción de la Britney, que se entiende como un llamado a la fornicación. Qué importa, al menos la canta en inglés y no como sus compañeras desvergonzadas que además de bailar reggaeton en sus fiestas prepúberes, lo corean a la salida del colegio católico, sin saber siquiera que el estribillo de moda es una invitación misógina a la cama.Pero aún así, no puedo evitar levantar las cejas cuando comparo su realidad pueril con la que me tocó vivir a mí. Yo crecí con ídolos intachables, que pobre del que levante algún rumor sobre ellos, porque eran totalmente rectos, honestos y hasta asexuados. Como mi amigo de años, Don Gato (y su Pandilla), que siempre se las ingenió para dejarme pegado a la pantalla sin tener que jugar con el doble sentido o la vulgaridad. También lo hicieron Tom y Jerry, que a pesar de sus rivalidades instintivas, supieron convivir por años bajo un mismo techo. Para qué hablar de Pitufina, una verdadera dama de la socialité pitufa. Si lo más sexy que se nos ofrecía era la coneja de Cachureos, pero hasta ella tenía pareja estable, así que imposible pasarse rollos. El único que se escapó de los límites, fue el Power Ranger rojo, que terminó siendo actor porno gay. Pero está justificado por la crisis económica y los pocos espacios para desarrollar su talento.
Es que son otros tiempos, dirían por ahí. Claramente. Pero aunque me falten primaveras para llegar a volverme un viejo cerrado de mente, me preocupa el nuevo tipo de admiración que no pone freno en ídolos triviales, que alimentan a las nuevas generaciones con una idea simple del sexo, vendiéndolo en un paquete que parece simpático y cool. Es decir, el mercado de la cultura, que desde siempre ha estado liderado por lo erótico, avanzó su terreno etáreo hacia quienes no saben aún ni pronunciar correctamente la letra X.
Porque en realidad ese tipo de provocación, no genera atracción instintiva en los niños, como si ocurre en los más adultos. Pero si se vende como una nueva moda, como el recurso estilístico que lidera la estética de lo masivo, caerán de igual forma y querrán comprar todo lo posible para ser parte de la idolatría vigente.
¿Será por eso que cambie tan rápido la imagen pública de algunas personalidades norteamericanas? Es que tal como se acabaron los días vírgenes de la citada Britney, para dar paso a escándalos que ya todos conocen, ocurre lo mismo con varias otras, como si fuera una estrategia general. Así es común ver como en vez de tener una fiesta de quince, las niñitas del Disney Channel, se hacen mujeres con algún video hot en la web.
Al parecer es como una maldición que las hijas de Disney, terminen evocando sus impulsos post adolescentes a los cuatro vientos y pasen de ser las regalonas del ratoncito a las princesas pseudo eróticas del show business mundial.
De ahí se enumeran casos como los del elenco de High school Musical, quienes mientras estrenaban una película en televisión, estrenaban a la vez en Internet fotos con desnudos de una de sus protagonistas. Lo mismo con la cantante Lindsay Lohan, otrora actriz de series infantiles, hoy asumida bisexual y protagonista de dramas relacionados con drogas, anorexia y sexo.
De algún modo, mientras más se metan en problemas, más contratos terminan ganando y aunque los fotografíen borrachos, teniendo sexo con su guardaespaldas o saliendo de alguna clínica de desintoxicación, sus fans siguen en aumento. Como si fuera esa la fórmula del éxito y no el precio como se cree. Al menos así se mueve por estos días la cultura popular infantil. Por el momento sólo espero que a mi prima no le de por subir su propio video para imitar a sus ídolos. De hecho ¿Dónde está mi cámara?




